Era un viernes tarde. Había acabado mi jornada laboral. Cogí a blanquito y en la tercera rotonda paaam le di a una por detrás. No en el sentido literal, que ya me hubiera gustado. Fue un pequeño alcance ¡Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa! ¿Pero, que es un golpe de chapa y pintura en comparación con la eternidad?

Se bajo del coche una típica rubia del oeste de la capital, de esas que se creen alguien por vivir en esa zona. Cincuentona, media melena con mechones rubios, recién salida de la pelu, con un color de piel pasadito de rosca de rayos UVA, voz de fumadora empedernida, chaleco de pelos blancos, botox fatal repartido por el espejo del alma, con millones de adornos de plata, incluso alguna pulsera con colores rojo y amarillo y jeans italianos. Con la iglesia hemos topado, pensé.
Una vez que observo el destrozo que le hice en el coche, se puso a gritar y a pedir teléfonos a los veinte taxistas que habían presenciado el fatal suceso. Por supuesto, la inútil de ella no sabía ni rellenar un parte, ni mantener la compostura, y menos los buenos modales. Yo que la veía venir tome fotografías de ambos coches. Me fui a mi casa, sin más. Ella me llamó varias veces después para advertirme de sucesos futuros.
Y, ayer mismo, me llegó un documento en el que se me daba la noticia de que he cometido una falta. Nos volveremos a ver en los juzgados de Plaza de Castilla.