
Salgo del trabajo, llamo a mamá, como cada día tras la jornada laboral. Monto en el coche, las últimas palabras de mi progenitora han sido - Hijita, no tengas prisa, ni nadie que te la meta.
Emprendo el camino, con más pena que gloria, siempre me invade ese sentimiento de aflicción, al dejar un sitio. Aunque sepa que vuelvo en un breve periodo de tiempo. A medida que he avanzado en kilometraje, se ha esfumado.
Y, aquí estoy en cueva pequeña, con ese olor a huerta de tomates recién regados, las personas que dicen jque en lugar de es que, el sonido abrumador de los cicádidos y de los aviones, el aire seco, mi habitación y el horizonte pajizo.
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